Cardo Máximo

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Pentecostés de la esperanza

La camiseta roja, del mismo color del fuego, llevaba una leyenda a la espalda: “Pentecostes da Esperança”. La vestían unos peregrinos (un centenar por lo menos) brasileños con los que coincidimos en el control de entrada a la plaza de San Pedro a las 7.30 de la mañana. Pentecostés de la esperanza, como el jubileo que hemos ganado estos días y las indulgencias lucradas conforme a lo dispuesto por la Penitenciaría Apostólica (suena mal pero es el organismo que se encarga de eso).

Ha sido un Pentecostés de mucha esperanza. Un pontificado por estrenar, como es el caso del de León XIV, siempre promueve esa virtud porque la proyecta hacia lo que está por venir, ese territorio ignoto que nadie sino Dios conoce. Y porque participar en cualquier manifestación de fe alrededor del Papa siempre empuja al alza nuestra consideración de la universalidad de la Iglesia. Es verdad que con otro rostro, en el que los rasgos asiáticos y amerindios van sustituyendo a los países de la vieja cristiandad, tan necesitados de lo que el titular de nuestra parroquia bautizó como Nueva Evangelización.

Pero descubrir el entusiasmo con que se agitaban pancartas (la parroquia de Carropio la teníamos detrás) y se enarbolaban banderas mientras el papamóvil recorría los pasillos de la plaza de San Pedro confirma que el Espíritu Santo, cuya efusión llenó de valor a los temerosos apóstoles en el primer Pentecostés, sigue renovando la faz de la tierra… y de su Iglesia también.

Con todo, el recibimiento al Papa al filo de las diez de la mañana (cuando ya llevábamos más de hora y media sentados en las desvencijadas sillas comidas por el sol) distó mucho del desbordamiento que se vivió en la plaza el día anterior, cuando la vigilia, con la novedad para muchos de los que allí estábamos de ver en persona a quien es el sucesor número 267 de Pedro.

Quizá eso le restó algo de ardor al recibimiento. Para suplirlo ya estaba el inclemente e inmisericorde sol en todo lo alto, calentando de lo lindo sin sombra alguna en la explanada delimitada por los brazos de Carlomagno y Constantino. Si Pentecostés es la solemnidad del fuego en el calendario litúrgico, a fe que en la plaza se hacía presente en forma, no de lenguas de fuego, sino de rayos implacables. Nada quedaba a salvo de la insolación y los servicios de emergencias socorrían a los que no soportaban tal epíclesis solar a la que había que sumar el madrugón, el desayuno improvisado en la casa de espiritualidad, el café ‘bebío’ en un bar junto a San Pedro, los apretones en la cola de acceso y las prisas por agenciarse un asiento cerca de una valla para ver en primera fila al Papa.

Pero todavía no hemos hablado de lo más importante, de lo sustancial, porque todo cuanto llevamos expuesto son circunstancias que podían hacer más penosa o sufrida la permanencia en el mismo sitio durante tres horas seguidas a pleno sol. Y no era una novela de Highsmith, precisamente.

Porque con tanto trajín y tanta novedad de León internándose por la Vía de la Conciliazione para saludar a los peregrinos y tanta referencia al “feminicidio” y a la “paz en el corazón” de su homilía, corremos el riesgo de perder de vista lo más importante que sucedió ayer en la plaza de San Pedro de Roma. Que no es otra cosa que el Espíritu Santo bajó en Pentecostés. Descendió sin que lo viéramos con los ojos de la cara sobre las especies eucarísticas para convertirlas en Cuerpo y Sangre de Cristo dejando de ser pan y vino. Pero se posó sobre toda la porción del cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia, allí reunida, en la segunda epíclesis, cuando el celebrante pide que nos congregue para formar “un solo cuerpo y un solo espíritu”.

Con diversidad de dones, con multiplicidad de carismas, con variedad de frutos, pero uno solo. Con banderas amarillas y azules del movimiento Schönstatt o con pañuelos rojos de los carismáticos, con pañoletas naranjas o celestes, de los círculos Juan XXIII o de los focolares. O con las camisetas enigmáticas que llevábamos como uniformidad: la silueta del Papa Wojtyla bajo las iniciales SJPII y la frase que marcó su pontificado (“No tengáis miedo”) a la espalda sobre una simpática imagen en la que hace como si enfocara con unos prismáticos. Algunos nos preguntaban de dónde éramos, porque la única referencia visible resultaba ser la bandera rojigualda en la manga.

El caso es que allí estábamos todos siguiendo la misa. Delante de nosotros, dos parejas de jóvenes estadounidenses que rezaban perfectamente en latín y se inclinaban a cada mención de Jesucristo en el gloria, que se arrodillaron fervorosamente durante la consagración. Durante la venida del Espíritu Santo, esto es.

La comunión fue un tanto atropellada porque todavía no habíamos rezado el agnusdéi cuando ya estaba el sacerdote al otro lado de la valla repartiendo las formas. En la boca, nada de las manos. Aunque unos metros más allá, otro presbítero sí las daba en la mano a quien se lo solicitaba. Diversidad de carismas y de instrucciones pastorales, como puede deducirse.

Pero seguimos la misa con mucha atención. El librito de la ceremonia resultó esencial para seguir las rúbricas en latín y los cantos en gregoriano. Paco, que es medio músico aunque él lo niegue, iba punteando con el dedo para no perdernos con los adornos y las florituras vocales de los amenes y rematar a su debido momento. ¡Que la asamblea tiene que cantar, hombre!

Fue una misa sentida. Por lo menos, asi la vivimos donde estábamos. Seguíamos la homilía con interés, asintiendo con la cabeza cuando León XIV afirmaba: “Es triste observar como en un mundo donde se multiplican las ocasiones para socializar, corremos el riesgo de estar paradójicamente más solos, siempre conectados y, sin embargo, incapaces de ‘establecer vínculos’, siempre inmersos en la multitud, pero restando viajeros desorientados y solitarios”.

El peregrino, cualquier peregrino, sabe que lo más hermoso del camino es entablar relación con los que van por el mismo camino que él en pos de la misma meta. Así lo he sentido yo al menos. Charlando con unos y con otros, sin mirar el color de la camiseta o su pertenencia a la parroquia. Siervos inútiles somos para hacer más llevadera la peregrinación a quien se viera algo fuera de sitio. ¿No habíamos quedado en la necesidad de ir a todos y proclamar el Evangelio?

El buen Padre me obsequió, sin merecimiento alguno por mi parte, con una prueba de la prodigalidad con que reparte su infinita misericordia. Sucedió en la acción de gracias tras la comunión: me invadió una indescriptible sensación de paz, de reposo, casi de descanso. ¿Sería mucho decir que sentía como si el Espíritu estuviera sobre mí? Cerré los ojos y me quedé inmóvil, incapaz de articular ningún miembro. Podía escuchar perfectamente la escolanía cantando pero tenía la mente en blanco, arrebatado cualquier pensamiento que no estuviera concentrado en una intensa luz, por supuesto distinta a la del ambiente, que desbordaba los sentidos.

Fue un momento muy vivo, no sé cuánto duró. Sentí la esperanza, si puede decirse así: el Pentecostés de la Esperanza. No me había pasado desde la adoración en Lisboa en la JMJ de 2023, aquella en la que el Papa Francisco remachaba: “En la Iglesia caben todos, todos, todos”. Qué hermosura, tan antigua y tan nueva a la vez. Bendito sea Dios.


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