ESTÁ BIEN visto despotricar de la fiesta de Jalogüín de los chiquillos con sus fúnebres disfraces y sus calabacitas naranjas porque supuestamente destruye nuestras tradiciones inveteradas y disuelve (o eso se denuncia) la conciencia identitaria colectiva expresada en los ritos funerarios. Los curas se quedan con el fantasma del paganismo, los puristas se fijan en que las nuevas modas vampirizan las formas tradicionales y los rancios denuncian el canibalismo zombie de las brujas de pega, pero ninguno parece darse cuenta de que las propias costumbres están en la osamenta, puro hueso sin más chicha.
En el fondo, es algo más simple: todo muda, por supuesto también los usos sociales. En los escaparates de las confiterías se abren paso los huesos de santo peleando por un rinconcito con los panellets y panellons catalanes que nunca se habían visto por aquí. Será porque a la clientela le gustan las almendras antes de responder a una confabulación catalana para arrebatarnos los toques de ánimas.
Y en los tenderetes de flores a la entrada del cementerio de San Fernando no hay manera de encontrar crisantemos, en tiempos la flor reina de Todos los Santos. En su lugar, claveles, gladiolos y flores contrahechas de innumerable colorido, aspecto y forma: hay escudos florales del Betis, del Sevilla, del Real Madrid y del Barça, corazones cursis en rosa y en celeste y hasta perritos de colorines y muñequitos de dibujos animados para llevar a la tumba del finado, según su predilección en vida. ¿Obedece también esta muestra insuperable de mal gusto a una conspiración hollywoodiense para roer desde dentro el meollo de nuestra tradición cultural funeraria o más bien se trata de que se han roto inveterados moldes de comportamiento y se ha dado rienda suelta a la propia expresión aun a riesgo de caer en la chocarrería?
Probablemente, eso mismo es lo que esté pasando con Jalogüín, incorporado en pie de igualdad con el carnaval en el calendario festivo de los grandes almacenes, que han visto el enorme filón que tienen por delante amparados en el formidable despliegue publicístico de los canales televisivos norteamericanos. La chavalería se lo pasa pipa con su sombrero puntiagudo y su escoba de palo mientras las abuelas llevan flores al cementerio para los difuntos de la familia.
¿Le llevará algún nietecillo flores a ella cuando falte? En realidad, uno intuye que el auge de las cremaciones se explica porque así no hay que limpiar tumbas y las familias jóvenes pueden irse de puente a disfrazar de calabacitas a los niños.
javier.rubio@elmundo.es
1/11/11

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