Cardo Máximo

La web de Javier Rubio: Columnas periodísticas, intervenciones radiofónicas, escritos…

Escenario sin futuro

IMRE MAKOVECZ, el arquitecto autor del pabellón de Hungría en la Exposición Unmiversal de 1992, ha tenido menos suerte que Guillermo Vázquez Consuegra. No por nada, sino porque al húngaro nunca nadie le pidió opinión sobre el futuro de la construcción de la isla de la Cartuja que todos los críticos señalan como máximo exponente de su «arquitectura orgánica». El arquitecto sevillano, no sin vencer antes muchas resistencias e incomprensiones, ha logrado que la rehabilitación del pabellón de la Navegación lleve su firma.

El pabellón de Hungría en la Expo 92 nunca me gustó del todo. Sí, apreciaba el mérito constructivo de emplear un material tan ajeno a nuestra cultura arquitectónica como la madera -mucho antes que en las setas de la Encarnación, y a la vez que el pabellón de Finlandia: los tres únicos edificios de Sevilla en madera- y el intimismo que destilaba el interior con el roble seco al que se le veían las raíces y los campaniles en la sala principal. Pero no dejaba de ser un pastiche, con aquella colección de campanarios que me recordaba -vaya una asociación de ideas- el castillo de Cenicienta de los parques de Disney. Los magiares explicaban que era una reacción al uniformismo feísta del realismo socialista de raíz soviética que se impuso como doctrina única del arte en Hungría tras el aplastamiento de 1956.

El caso es que Makovecz se ha muerto casi a los 76 años de edad sin que la obra más renombrada de su trayectoria artística tenga un futuro digno de tal nombre. Ahí sigue, cerrado a cal y canto, después de que la Junta de Andalucía lo declarara bien de interés cultural para evitar su desaparición como había previsto el tiburón Luis Portillo en la cresta de la ola hace ahora cuatro años.

No es el único pabellón que va a cumplir los veinte años redondos del aniversario de la muestra universal en expectativa de un destino cada vez más sombrío porque los edificios abandonados necesitan unos cuidados para ponerlos en uso que las arcas públicas no pueden permitirse en las actuales circunstancias. Y tampoco está claro para qué puedan usarse edificios con tantos inconvenientes como el del Futuro, el del siglo XV, el de la Comunidad Europea o el pozo de Francia.

El pabellón de la Navegación, llamado a convertirse en el museo de la Carrera de Indias del que Sevilla carece, se alquilará por horas para agasajos y copas de bienvenida a congresistas. Quizá sea eso lo que nos quede tras el fogonazo de esplendor de hace 20 años: arrendarnos por horas como escenario de un pasado esplendoroso con el futuro truncado.

javier.rubio@elmundo.es

29/9/11


Comentarios

Deja un comentario