LOS BÉTICOS se habían puesto en pie mucho antes de que Eladio atajara el último balón bombeado sobre el área del Alcorcón, que tiene narices estar pendientes del portero del Alcorcón para felicitarse por el ascenso. En realidad, los béticos se habían levantado veintitrés meses antes, otro día 15, cuando decidieron en masa que no soportaban más vivir bajo el yugo del faraón. Y entonces echaron a andar.
Venía de tan lejos esa multitud que acompañaba al autobús de los futbolistas que Tarragona parecía cerca. Por la Palmera abajo, la muchedumbre merecía desfilar a los sones de la banda sonora de Ernest Gold para la película de Otto Preminger. Aquello no era la marcha verde tantas veces invocada, lo del domingo por la noche era el éxodo verdiblanco, la liberación de todo un pueblo que había transitado por el desierto tantos años como para entretenerse a adorar al becerro de oro que un chuleta engominado fundió para confundirlo.
Cuando el ángel exterminador tintó con sangre verde el dintel de los juzgados, los béticos entendieron la señal y el pueblo elegido por la historia del fútbol comenzó su peregrinación por esos campos de Dios de la Segunda División. Por eso sonó tan hermoso que Rafael Gordillo se acordara en el primer momento del ascenso de Gómez Porrúa, ese Moisés verdiblanco que hizo brotar agua viva del graderío reseco sin llegar a ver la tierra prometida de la Primera División.
Los béticos venían de tan lejos que han tardado mucho en llegar. Venían de una noche oscura, una sombra permanente donde se había prohibido la alegría, un túnel negro donde nunca se veía la luz al final, un pozo hondo en el que ya no brotaba venero alguno. Los béticos venían de las cadenas bañadas en purpurina, de postrarse ante un busto como ante un oráculo que decidía por ellos, venían del oprobio permanente, de la bronca con todos y de la vergüenza ajena de verse señalados como fulleros, polemistas o caprichosos.
Venían de la tristeza infinita de ver el nombre del club de sus amores arrastrado por el suelo, según los caprichos megalómanos del faraón; venían del bochorno continuo de ser ridiculizados, orillados, humillados, despreciados como un club con el ceño fruncido que nunca presentaba la cara amable para nadie. Todo estaba tasado, todo se medía por celemines.
De esa noche lóbrega venía el equipo acompañado de su gente, libre al fin y al cabo y por fin en Primera. El éxodo ha merecido la pena. La tierra que mana leche y miel es, desde el domingo, un poco más verde… y blanca.
javier.rubio@elmundo.es
17/5/11

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