LA CALLE, cualquier calle, es ya un hervidero de turistas en chancletas, con tirantas, de botellitas de agua en la mano y planos de colorines para no perderse. Cómo será la cosa que el otro día, si ir más lejos, emergieron de la estación del metro de la Plaza de Cuba dos turistas, ella con su plano y él con su cámara, mirando para arriba los balcones de República Argentina como si estuvieran paseando por Manhatan. Es una invasión en absoluto molesta, pero que se hace notar. Los hoteleros calculan que la ocupación media estará en el 81% durante toda la Semana Santa, lo que representa seis puntos por encima de lo que fue el año pasado.
Los hoteleros respiran, las autoridades turísticas sacan pecho no se sabe muy bien por qué y los dueños de los bares cambian las tapas por la media ración para clavar lo que no está en los escritos, expresión rigurosamente literal por cuanto se incumple la obligación legal de comunicar fehacientemente los precios al consumidor.
Estos de ahora son los turistas. Ya llegarán los viajeros. Y luego más tarde, para la semana de Pascua, los estudiantes franceses en viaje de estudios tan modositos a la hora de hablar por la calle y tan respetuosos con los ciclistas cuando invaden el carril verde. El turista se diferencia del viajero en que el primero no sabe dónde quedan el hotel Inglaterra ni el América, porque si lo hubieran sabido como lo saben de un año para otro los viajeros, se habrían ahorrado el taxi diario hasta el campo del Betis o el metro hasta Los Remedios.
El turista cae preso de los reclamos para cenar -a las siete de la tarde, no mucho más allá- en medio de la calle con una jarra de sangría en el barrio de Santa Cruz mientras el pesado de turno le da la paliza aporreando la prima y el bordón de una guitarra desafinada. El viajero sabe que para comer marisco del bueno en Sevilla hay que ir a una calle tan espantosa y tan apartada de toda ruta pintoresca como López de Gómara. Ni que decir tiene que el turista almuerza en camiseta, con lo feo que está eso aunque sea del United, y el viajero se viste como quien va a los toros.
Pero este año, la diferencia fundamental entre el turista y el viajero va a estar en las sillas de la Encarnación. Al turista, por gentileza del hotel, le van a endiñar dos sillas bajo las setas para que vea pasar una cofradía para que se haga una idea y le dejen hacer fotos de lejos. ¡En seguida le van a cambiar al viajero sus dos abonos en la tribuna de la Campana por semejante engañifa!
javier.rubio@elmundo.es
14/4/11

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